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La ciencia entre los árabes preislámicos




Epigrafías e inscripciones latinas, griegas, etc.

Los árabes, antes del nacimiento del Islamismo, eran un pueblo rebelde e indisciplinado, que apenas si tenían un sistema bien definido de escritura, y cuya forma de vida consistía principalmente en migrar y nomadear por la Península Arábiga -dos millones y medio de kilómetros cuadrados desérticos y casi desprovistos de vegetación-, entre El Yemen, tierra muy rica pero superpoblada, y el Mediterráneo. Ésta meseta estaba dividida en tres reinos: Hejaz, Asir y El Yemen (la Arabia Feliz).

Estos territorios inhóspitos habían sido en el pasado la cuna de algunos reinos prósperos, como el de Mina (s. IV a I a.C.), Qataban (s. V a I a.C.) y el reino de Saba (X a.C. a III d.C.), así como la cultura de los nabateos (s. I a.C.) con capital en Petra (Jordania), y la civilización palmira (capital Palmira) en Siria.

Pero la vida de los árabes de tiempos preislámicos era bastante pobre en general; vivían mayormente del pastoreo y del transporte (y los pillajes) de caravanas, conduciendo especias (incienso, mirra, etc,) por la Ruta de la Seda, o hacinados en torno a los oasis en los que se situaban los centros comerciales, y muy pocos practicaban la agricultura. Teniendo en cuenta las circunstancias y los modos de vida de las poblaciones de la Península Arábiga, prácticamente ágrafas, podemos afirmar que la ciencia árabe era algo casi inexistente y que la poca que había se transmitía de forma oral hasta la llegada del Islam, como la poesía y los cuentos que amenizaban sus horas de ocio y las largas jornadas a lomos de camello por el desierto, y la música que usaban para alegrar sus fiestas.

Dentro del pobre bagaje pseudocientífico que los nómadas arábigos se transmitían oralmente -se dice que la memoria de estos pueblos era prodigiosa- cabe destacar el conjunto de conocimientos empíricos de astrometeorología que las innumerables tribus habían ido acumulando durante siglos de escudriño del firmamento y de los cambios climáticos, y que más tarde serían recogidos y compilados en los llamados Libros del Ânwâ' (كـُتـُبُ الأـنـْوَاء / kutubu l-Ânwâ'). Estos conocimientos están presentes en la poesía popular y en la literatura religiosa, y actualmente siguen vivos entre las tribus nómadas del desierto. Fueron originados al asociar los beduinos una lógica correspondencia temporal entre climas, estaciones, lluvias, etc, con la aparición o desaparición en el horizonte de determinados astros; creyeron que las posiciones de los cuerpos celestes provocaban los fenómenos, y aprovecharon su descubrimiento para usarlo como "calendario" para conocer y prever los ciclos estacionales, los periodos de lluvias y sequias, etc.

El significado exacto del vocablo árabe Naw' (نـَوْء / sing. de Ânwâ') es muy dudoso, pero parece ser que designa el orto heliaco de un astro en simultaneidad con el ocaso acrónico de otro. El sistema sería algo similar a un "calendario" solar basado en veintisiete tramos (cada uno de los cuales es un naw') de trece días más otro tramo de catorce, influidos por los ortos y los ocasos continuantes de catorce parejas de astros o constelaciones. Dentro de cada naw' hay ciertos días más activos que eran los que supuestamente causaban los fenómenos metereológicos esperados, y que la experiencia de observación predecía que debían producirse anualmente coincidiendo con los ortos y ocasos de los cuerpos celestes observados en el momento.

Pero era más una práctica adivinatoria que una ciencia, y fue a partir del s. IX cuando todas estas tradiciones fueron compiladas por los mismos autores serios que codificaron el idioma árabe, modificándolas y conformando un zodiaco lunar basado en la idea de la mansión lunar (مـَنـْزِل / manzil ), cuyos fundamentos fueron tomados probablemente de la astronomía hindú, si bien los persas y los chinos también la conocían. Luego fueron añadidas recomendaciones sobre agricultura, dietas, salud, etc, pero esto ocurrió ya en época islámica, y el hecho de que la religión musulmana condenara y prohibiera estas prácticas deja muy claro que su uso era de índole adivinatorio y pagano (infiel), y nada científico.



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